Crónica de un desabasto

Por Edgar Morín (Especial para Al Volante)

Entre molestias a vecinos de gasolineras, enormes filas de automovilistas y encarnizadas batallas digitales de chairos contra fifís, el huachicol se colocó en el centro de la agenda política nacional. De paso, su fenómeno asociado, el huachicoleo o robo de combustible, no solo deja ver delincuencia altamente organizada y corrupción público-privada, sino hasta algunos rasgos de esas formas de ser del mexicano que llaman la atención de filósofos, poetas o curiosos profesionales.

La carga nuestra de cada día o el surrealismo nacional (Foto de redes sociales).

El tema entró de lleno a la vida cotidiana, al menos por los próximos meses es discusión pública y por eso no faltarán las conjugaciones y juegos de palabras sobre huachicolear y otros asociados a la gansolina, los chistes, picardía popular y otras formas de humor que ya circulan por Facebook, Twitter y WhatsApp en forma de memes donde la propaganda se alterna con la crítica, el relajo, referencias cinematográficas a Mad Max, y hasta un toque del tan alabado surrealismo nacional como formar al perro en una fila para cargar gasolina con su bote en el hocico.

Otro detalle significativo, sobre todo durante los primeros días del desabasto, escasez o problema de distribución según prefiera quien lea (por aquello del sentido ideológico de las palabras), fue el comportamiento de esa especie urbana llamada automovilista. Primero entró en pánico y contribuyó a agotar las reservas de no pocas gasolineras, que de por sí no era mucha y en un número todavía no determinado al parecer se complementaban comprando robado. Luego, acostumbrado a esos embotellamientos que parecen sacados de un cuento de Cortázar, hizo filas que iban de una hora a toda la noche. Estoicos, resignados o maldiciendo, de todos colores y tamaños haciendo guardia ante expendios cerrados en espera de la llegada de una pipa que les permitiera reabastecerse. Sin faltar lo que antes de lords y ladys también llamaban ñeros, especie de alimaña antisocial de ambos sexos que se cree muy lista por no formarse y al menor descuido tratan de meterse en todo tipo de colas.

De tanto respirar esmog y pasar horas expuestos a las más variadas condiciones climáticas, en ocasiones los reflejos del automovilista no son óptimos y podían llegar a formarse en una estación cerrada y pasar mucho tiempo sentados antes de bajarse a informar por qué no avanzaba la fila o cuándo se reanudaría el servicio. Sumándose motocicletas, camionetas, camiones ligeros y en algunos sitios personas con bidones y todo tipo de recipientes. Sin hacer prácticamente nada, estacionados viendo pasar la vida, o perdiendo el control en las confusiones de autos que tratan de entrar o salir de una fila que no va a ningún lado. Por eso, y aunque esporádicas, no faltó alguna riña entre automovilistas, y de estos con la policía como ocurrió en ciudad Neza por ejemplo. Tampoco bandas musicales que amenizaban la espera (Michoacán), ni listillos que anuncian gasolina en Facebook con fines de reventa y ya fueron amenazados con prisión preventiva, las ratas pequeñas que la roban del tanque ajeno (ciudad de México en un local de la propia policía), o las audaces que se llevan la pipa de 25 mil litros (Guanajuato y Jalisco).

Desabasto, escasez o problema de distribución.

Claro que como toda especie en peligro, y la del automovilista lo está más que nunca con el desarrollo de la inteligencia artificial y sus vehículos autónomos, los más avezados no dejan que el tanque baje de los ¾ o echan mano de la infotecnología y sus algoritmos para saber en tiempo real dónde hay o no combustible, empleando Google maps, Waze y apps por el estilo. O del sentido común, que lo lleva en busca de gasolina a horas en que la mayoría duerme. Por lo pronto, al menos en el valle de México el tráfico ha disminuido y los dobles no circula por contaminación no han vuelto a ser noticia invernal. También surgieron iniciativas de organización ciudadana que en ocasiones pasan de las redes de Internet a la realidad, y esta ocasión se propuso el abastecimiento por color de terminación de la placa en lo que se regulariza la situación. Y aunque no exento de muchas críticas con y sin fundamento, el apoyo al nuevo gobierno en su combate al robo de combustible se sigue reflejando en ese oráculo contemporáneo que son las encuestas, donde su margen a favor va de 56.7% (Consulta Mitofsky) a 89% (El Financiero).

Otro detalle sobre nuestras formas de ser lo ilustra el cierre de muchas estaciones de servicio instaladas a raíz de la reforma energética, por aquello de que “los mexicanos lo compran todo” como decían en una escena de la conocida película Wall Street donde la codicia es buena. Ha vuelto a hacerse público que aunque la ley permite la importación a particulares, el importador y comercializador del 94.12% de la gasolina que se distribuye a los consumidores sigue siendo Pemex. Esto es, que el cierre de ductos también afecta a ese 27% del mercado en manos de compañías nacionales y extranjeras, cuyas ganancias hasta ahora pasan más por aditivos y lo que la mercadotecnia llama valor de marca, que por importar sus propios combustibles. Según datos de la secretaría de Energía, hasta noviembre de 2018 únicamente 5.88% de la gasolina vendida en México era importada por empresas privadas. Lo que tampoco significa, como el desabasto tras la implementación ha ilustrado, que todas estas gasolineras puedan operar con dicho combustible y no dependan de lo que compran a Pemex.

 

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